domingo, 20 de enero de 2013

Argentinos de vacaciones -II- (3ra. temporada)

Argentinos de vacaciones -II- (3ra. temporada)

La inminencia del encuentro llegaba a su fin cuando ambos descendieron de sus caballos.De ansias colmadas sus pelvis, se arrebataron contra el resguardo de hierba y pura piedra que,cómplice, le ofrecía la montaña a la hora en que todos durmen la siesta.Con la lentitud de quien dispone de un ocio que no cesa, la montaña les acarició la piel hasta que todo fue jadeante quietud adormilada.
Ella volvería a la hostería, lugar que junto a su marido habían elegido para sus primeras vacaciones de casados; él, el posadero,se embarcaría lento,suave y relajado a la continuación de sus faenas habituales.

Ernesto se despertaba de la siesta ,tranquilo como imán de heladera, y en la sagrada quietud laica del despertar divisó a su esposa que se encontraba leyendo ante el ventanal que no ocultaba su lobby al sol,que cubría con su oleaje lumínico la calma atención de su lectura.Luego de besar el cuello de su mujer salió al valle y,como quien no quiere la cosa, cubrió de lentos besos los veintisiete años de Atilio que se le acumulaban entre el cuello y la rodilla.Detrás de la pared de adobe en donde se encontraba culminando sus tareas, cundió pronto otro silencio de jadeante deseo que decoró el valle antes que el crepúsculo abandonara sus tintes, entre cueros colgados secándose y partes de cuerpos desnudos sobre la hierba y el perfume a tierra labrada.
Al anochecer, Atilio,su esposa y su pequeño hijo,cenaban en la casita de los caseros a un costado del hospedaje, y veía a través de la ventana a la nueva pareja que comía a la luz de un candil en la mesita de la galeria.Antes de acostarse y después de dormir a su hijito,Atilio pensó que la vida en las grandes ciudades le debe estar comiendo la mente a las personas, que la urbe era como un gran ente invisible,negro, que le entraba a la gente por la respiración y le coptaba el cerebro produciendo incoherencias de todo tipo y eyectándolos a una vida miserable,poco humana, tan distinto del valer la pena.
Antes de deslizarse a lo onírico, en un entreabrir los ojos y con la visión ya casi difusa, le pareció observar que una cabra lo miraba fijamente por la ventana con aire de interpelación, animal que en sueños se transfiguró en un gran edificio negro donde trabajaba como contador, en una ciudad gris con gente sin rostro que marchaba lentamente por las calles con pasos sincronizados, calles cruzadas por un tejido de alambre del cual pendían cueros secándose a un invisible sol.










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