sábado, 7 de julio de 2012

INCONCLUSIONES I y II


INCONCLUSIONES

I
                                                      INTEMPESTIVIDAD
“Intempestividad” dijo, dijo  y de  inmediato empezó a buscar en su mente cuál habría sido la pregunta para semejante respuesta conclusiva. No la encontró y no le preocupó; tampoco el final de su curso introductorio, pues ahora bajaba altivamente las escaleras de su nueva y flamante facultad y se hundía en la marejada de gente que alimentaba tan bien, su  poca estima.
“Intempestividad” pensó su compañero despreocupadamente, mientras se desacomodaba la estructura del pantalón frente al mingitorio, y repetía la palabra como mantra a la que a su vez se le sumaba el ruido del sepio líquido al estrellarse condenadamente y sin gestiones contra el blanco cerámico; por un segundó se convenció al creer que allí, entre el espacio de esa bipolar polifonía, residía su significado.
“In-tem-pestividad” le dijo un ayudante al otro al finalizar la cursada, mientras sacaba amaneradamente un cigarrillo del paquete de su campera, se apresuraba a prenderlo y a tragar el humo, para luego largarlo estrepitosamente y con una risa un poco forzada en dirección a su colega, buscando su complicidad, (manierismo que, amnésicamente, repite desde hace siete años cuando quiere dejar entrever en el otro: calidez, despreocupación y afanosa atención). Ella lo miró, y con otra mueca forzada aunque más parca, pensó que no le interesaba la cuestión, ni él, ni la cátedra.
“Intempestividad” pronunció el profesor titular cuando subió a su automóvil y se ajustaba el cinturón, pensando que el interior del auto le propiciaba una oquedad perfectamente ecualizada, que transformaba los sonidos exteriores en arrullos oníricos y dotaba de absoluta solemnidad aquel concepto. La vibración del auto lo relajó y se apoyaba en aquellas sílabas como almohadas suavemente perfumadas.
Intempestividad fue lo que escucho el decano desde el teléfono, de parte del profesor con más peso político de su facultad, y no llegaba a comprender todavía como, aquello, le trastocaba inmediatamente toda su gestión.
Intempestividad fue aquél enorme edificio de silencio, que como rezo de estuco, compartieron el decano con su hijo, que llegaba de terminar su curso de ingreso. Sentados a la mesa de una triste comida se habían dejado de hablar hacía tiempo; hacía tiempo habían dejado de compartir sus meras existencias provisorias, y con ello, la posibilidad del encuentro que salvara sus vidas, o siquiera, el tiempo que gastasen en conservar sus huesos. Aquello compartido, ese perplejo silencio, fue lo más parecido a una familia que tuvieron nunca.
Ahora, un director teatral se entregaba, hedónico, al sueño y se figuraba la siguiente  escena: una luz ocre se desvanecía lentamente, hasta quedar fija en una tenuidad que descubría una mesa servida con dos seres sentados ante ella, estáticos, atemporales; las espesas sombras los carcomían, los infinitizaban de espanto. Se figuró que le  contaba esta escena a su productor y este le decía que, ya que la obra no tenía principio, le parecía un final “Intempes…”
“ ...tivo” ya formó parte de su sueño, y ahora era su mascota onírica, una gaviota de mercurio líquido que, volando a la par de otra desconocida con cuyas alas se rozaban, lo trasladaba al país de los salvos: esperanzado lugar de residencia después de tanta muerte.


II
DÁRSENA
Sentado sobre su cadáver, es consultado sobre el mundo de los vivos.
Responde en un necrolenguaje que se sabe teológico-político.
La premura se abre ante sus dichos, no se le interpelan sus discursos:
la cita a ciegas es con la cognición.
La envolvente semántica transformó el mundo en recipiente de necrovivos.
No se ensimisma la mirada por costumbre y marketing, no vende.
El mundo es lo que quedó de lo que no fuimos.
Asistimos sin tardanza al desencuentro perpetuo con el ser.
Morimos a la muerte. Permanecemos.

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