INCONCLUSIONES
I
INTEMPESTIVIDAD
“Intempestividad” dijo, dijo y de
inmediato empezó a buscar en su mente cuál habría sido la pregunta para
semejante respuesta conclusiva. No la encontró y no le preocupó; tampoco el
final de su curso introductorio, pues ahora bajaba altivamente las escaleras de
su nueva y flamante facultad y se hundía en la marejada de gente que alimentaba
tan bien, su poca estima.
“Intempestividad”
pensó su compañero despreocupadamente, mientras se desacomodaba la estructura
del pantalón frente al mingitorio, y repetía la palabra como mantra a la que a
su vez se le sumaba el ruido del sepio líquido al estrellarse condenadamente y
sin gestiones contra el blanco cerámico; por un segundó se convenció al creer
que allí, entre el espacio de esa bipolar polifonía, residía su significado.
“In-tem-pestividad”
le dijo un ayudante al otro al finalizar la cursada, mientras sacaba
amaneradamente un cigarrillo del paquete de su campera, se apresuraba a
prenderlo y a tragar el humo, para luego largarlo estrepitosamente y con una
risa un poco forzada en dirección a su colega, buscando su complicidad, (manierismo
que, amnésicamente, repite desde hace siete años cuando quiere dejar entrever
en el otro: calidez, despreocupación y afanosa atención). Ella lo miró, y con
otra mueca forzada aunque más parca, pensó que no le interesaba la cuestión, ni
él, ni la cátedra.
“Intempestividad”
pronunció el profesor titular cuando subió a su automóvil y se ajustaba el
cinturón, pensando que el interior del auto le propiciaba una oquedad
perfectamente ecualizada, que transformaba los sonidos exteriores en arrullos
oníricos y dotaba de absoluta solemnidad aquel concepto. La vibración del auto
lo relajó y se apoyaba en aquellas sílabas como almohadas suavemente perfumadas.
Intempestividad fue lo que escucho el decano
desde el teléfono, de parte del profesor con más peso político de su facultad,
y no llegaba a comprender todavía como, aquello, le trastocaba inmediatamente
toda su gestión.
Intempestividad fue aquél enorme edificio de
silencio, que como rezo de estuco, compartieron el decano con su hijo, que
llegaba de terminar su curso de ingreso. Sentados a la mesa de una triste
comida se habían dejado de hablar hacía tiempo; hacía tiempo habían dejado de compartir
sus meras existencias provisorias, y con ello, la posibilidad del encuentro que
salvara sus vidas, o siquiera, el tiempo que gastasen en conservar sus huesos.
Aquello compartido, ese perplejo silencio, fue lo más parecido a una familia
que tuvieron nunca.
Ahora,
un director teatral se entregaba, hedónico, al sueño y se figuraba la
siguiente escena: una luz ocre se
desvanecía lentamente, hasta quedar fija en una tenuidad que descubría una mesa
servida con dos seres sentados ante ella, estáticos, atemporales; las espesas
sombras los carcomían, los infinitizaban de espanto. Se figuró que le contaba esta escena a su productor y este le
decía que, ya que la obra no tenía principio, le parecía un final “Intempes…”
“ ...tivo” ya formó parte de su sueño, y ahora era
su mascota onírica, una gaviota de mercurio líquido que, volando a la par de
otra desconocida con cuyas alas se rozaban, lo trasladaba al país de los
salvos: esperanzado lugar de residencia después de tanta muerte.
II
DÁRSENA
Sentado sobre su cadáver, es consultado sobre el mundo de los
vivos.
Responde en un necrolenguaje que se sabe teológico-político.
Responde en un necrolenguaje que se sabe teológico-político.
La premura se abre ante sus dichos, no se le interpelan sus
discursos:
la cita a ciegas es con la cognición.
La envolvente semántica transformó el mundo en recipiente de necrovivos.
No se ensimisma la mirada por costumbre y marketing, no vende.
El mundo es lo que quedó de lo que no fuimos.
Asistimos sin tardanza al desencuentro perpetuo con el ser.
Morimos a la muerte. Permanecemos.
La envolvente semántica transformó el mundo en recipiente de necrovivos.
No se ensimisma la mirada por costumbre y marketing, no vende.
El mundo es lo que quedó de lo que no fuimos.
Asistimos sin tardanza al desencuentro perpetuo con el ser.
Morimos a la muerte. Permanecemos.
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